CAFAYATE-POR REDACCIÒN. – En las noches cafayateñas, cuando uno se encuentra con los amigos en torno al fogón, en medio de la danza del fuego, cuando los vinos ganan el espacio de los amigos y se agiliza la memoria, salen las leyendas que nutren de sabor esas interminables juntadas donde ánimo se predispone a exhumar a los fallecidos y a los seres sobrenaturales.

Así, ocurrió que Don Amanecido Pérez, viejo gaucho, baqueano de la zona, desgranó un relato que iniciaba diciendo: «Había un pequeño pueblo enclavado entre los imponentes valles y viñedos de Cafayate, donde las leyendas y misterios se entretejían con la brisa cálida que acariciaba los campos de uva. Allí, los lugareños siempre hablaban de los duendes que habitaban las colinas cercanas, seres diminutos y traviesos que, según decían, protegían los viñedos y la tierra.

Una noche -siguiò contando Don Amanecido-, durante la vendimia, Juan, un joven viticultor, decidió aventurarse más allá de los límites del pueblo para recoger las últimas uvas de la temporada. La luna llena iluminaba el paisaje, pero las sombras danzaban entre las hileras de vides, creando un aura de misterio.

Mientras trabajaba, escuchó risitas suaves y campanillas que tintineaban en la distancia. Intrigado, se acercó sigilosamente y descubrió a un grupo de diminutos seres vestidos con ropas brillantes. Los duendes de Cafayate, conocidos por su amistad con los viticultores, estaban celebrando la cosecha.

Al ver a Juan, los duendes lo saludaron con entusiasmo, ofreciéndole uvas y vino mágico que, según ellos, tenía propiedades curativas. Agradecido, Juan se unió a la festividad, compartiendo historias y risas con sus nuevos amigos diminutos.

Los duendes le contaron a Juan que, a lo largo de los años, habían ayudado a proteger los viñedos de plagas y desastres naturales. A cambio, los viticultores del pueblo dejaban pequeñas ofrendas en la base de los árboles al final de cada temporada de cosecha como muestra de gratitud.

La conexión entre Juan y los duendes se fortaleció desde esa noche y a medida que avanzaba la velada, los duendes le enseñaron canciones antiguas y danzas tradicionales, transmitiéndole la magia ancestral que mantenía viva a la tierra de Cafayate.

Desde entonces, Juan regresaba cada año para la vendimia, compartiendo la tradición de las ofrendas y la celebración con su comunidad. La leyenda de los duendes de Cafayate se volvió aún más arraigada, y la armonía entre los humanos y los seres mágicos floreció en los viñedos de ese rincón especial del mundo.»

Y así, nos acordamos del amigo, César Fermín Perdiguero, animador de tantas Serenatas, que finalizaba sus relatos con su clásico: «¿Churo, no?»