La guerra entre Rusia y Ucrania, que comenzó el 24 de febrero de 2022, cambió radicalmente el paradigma tradicional de los conflictos que la humanidad conoció hasta el momento. En enfrentamientos de hace cincuenta, setenta o cien años atrás, la superioridad militar de un Ejército, además de la cantidad de sus miembros, valía por la utilización de armamentos y vehículos de guerra más grandes y pesados. Pero, al contrario, entre Kiev y Moscú, la miniatura de los drones se impuso como el arma más letal, abaratando los costos económicos del despliegue bélico.

Un dron de menor tamaño que el armamento habitual puede destruir un edificio, un barco, un tanque, entre otros objetivos. En este sentido, el dispositivo permite destrozar a otro mucho más caro. Además, tiene la ventaja de acortar el tiempo entre que se detecta un objetivo hasta que lo alcanza y, de esta manera, las tareas vinculadas a propinar rápidos ataques, así como a la vigilancia, inteligencia y exploración de terreno con vehículos aéreos no tripulados (UAV) se pueden realizar en menos tiempo y con mayor precisión. 

Además, muchos de estos artefactos son controlados por Inteligencia Artificial (IA), lo que permite que ganen más autonomía, y que de esta forma la inteligencia humana pueda dedicarse a otros aspectos en el campo de batalla. Entre ellos, figuran algunos dispositivos FPV que funcionan con visión remota, proporcionando mayores capacidades. 

En este marco, el aparato militar de Ucrania es un híbrido caracterizado por armas heredadas de la ex Unión Soviética y las que proveen Estados Unidos y Europa, donde también los tanques y los lanzamisiles juegan un papel importante. 

Canal 26